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Mostrando entradas de mayo, 2025

Así empieza "El túnel", novela de Ernesto Sábato

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente- la gente las echan en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ...

Gabriel García Márquez: Mi Hemingway personal

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary WeIsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda el hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempre- me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atr...

Julio Ramón Ribeyro: «Julio Cortázar siempre iba a mi casa a comer cebiche»

Rescatamos una entrevista que ofreció Julio Ramón Ribeyro al periodista Fernando Ampuero, en 1986, en la que el destacado escritor peruano reveló detalles de su amistad y la pasión por la comida peruana de Julio Cortázar. Una conversación que duerme en las hemerotecas y la publicamos para que la disfruten: -Tú llevas muchos años viviendo en Europa. ¿Qué cambios genera el exilio en un escritor? -Bueno, en principio, debo hacer una precisión: yo no soy un exiliado. Soy simplemente una persona que viajó a Europa y se quedó viviendo ahí por diversas razones, pero sin tener ningún impedimento para regresar a mi país. -¿Lo podemos llamar autoexilio? -De acuerdo. ¿Qué cambios produce en un escritor vivir afuera? En primer lugar, ofrece un ensanchamiento de la percepción, a causa del contacto que se siente con otras culturas. Y luego, un trato directo con lo que hemos soñado y leído. -¿Eso fue lo que te impulsó a viajar? -Es difícil definir mi intención original. De lo que sí puedo hablar, me ...

Charles Bukowski: No hay camino al paraíso

Yo estaba sentado en un bar dela avenida Western. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros… Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte. Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno, un bello cuerpo y tristes ojos marrones. Yo no di la vuelta para mirarla, seguí con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban vacíos. De hecho, éramos las únicas personas que había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me preguntó lo que estaba bebiendo. -Escocés con agua -contesté. -Y sírvale al señor un escocés con agua -le dijo al cantinero. Bueno, esto no era muy normal. Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecit...

Julio Ramón Ribeyro: Alienación

A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermediarias y ser antes que un blanquito de acá un gringo de allá. Toda su tarea en los años que lo conocí consistió en deslopizarse y deszambarse lo más pronto posible y en americanizarse antes de que le cayera el huaico y lo convirtiera para siempre, digamos, en un portero de banco o en un chofer de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano que había en él y por coger algo de cada gringo que conoció. Con el botín se compuso una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de sueño rosado a pesadilla infernal. Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años después se le conoció por Boby, pero ...

Gabriel García Márquez: La siesta del martes

El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, intempestivos espacios sin sembrar, había ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor. —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón. La niña trató de hacerlo pero la persiana estaba bloqueada por óxido. Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bo...