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Entradas

Gabriel García Márquez: Me alquilo para soñar

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo.

Gustavo Adolfo Bécquer: El gnomo

(Leyenda aragonesa) I Las muchachas del lugar volvían de la fuente con sus cántaros en la cabeza, volvían cantando y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudieran compararse a la alegre algarabía de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario.

Guy de Maupassant: Historia de un perro

La prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un centro de acogida de animales. Sería una especie de hogar y refugio para perros perdidos sin dueño, que encontrarían alimento y abrigo en lugar del nudo corredizo que la administración les tiene reservado.

Jorge Luis Borges: El otro

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a lo...

Gustavo Adolfo Bécquer: El miserere

Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones. Era un Miserere. Yo no sé la música, pero la tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras que llaman claves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho. Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo. Esto...

Mario Vargas Llosa: El desafío

Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del “Río Bar” apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.—¿Qué pasa? —preguntó León.Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.—Me muero de sed.Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.—Justo va a pelear esta noche —dijo, con una voz rara.Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. —Me encargó que les avisara —agregó Leonidas—. Quiere que vayan.Finalmente, Briceño preguntó: —¿Cómo fue? —Se encontraron esta tarde en Catacaos Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo—. Ya se imaginan lo demás... —Bueno —dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterar...

Edgar Allan Poe: El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether

En el otoño de 18…, mientras viajaba por las provincias meridionales de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del cual mucho había oído hablar a mis amigos médicos en París. Dado que jamás había visitado un establecimiento de esa clase, me pareció que no debía perder tan excelente oportunidad, y propuse a mi compañero de viaje (caballero con el cual me había relacionado casualmente pocos días antes) que nos desviáramos de la ruta por una o dos horas, a fin de visitar el hospicio. Mi amigo se opuso, arguyendo en primer término estar deprisa, y luego un comprensible horror a la vista de un lunático. Me rogó, empero, que la cortesía no impidiera la satisfacción de mi curiosidad, agregando que cabalgaría despacio a fin de darme ocasión de alcanzarlo ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. Cuando nos despedíamos se me ocurrió que podía surgir alguna dificultad para mi admisión en el establecimiento, y ...